Ser hincha del DIM implica convivir con una memoria muy emocional. Hay campañas que pasan, resultados que apenas duran una semana y noches que se quedan años enteros en la conversación de tribuna. El clásico del 28 de mayo de 2017 pertenece a ese último grupo. No fue un partido ordenado ni limpio, ni siquiera uno de esos duelos que se recuerdan por la perfección táctica. Fue mejor que eso para la memoria del aficionado: fue un partido salvaje, cambiante y con la tensión de una ciudad pendiente de cada rebote.

Atlético Nacional llegó a ese cierre del todos contra todos con la sensación de ser el equipo más sólido del torneo. El contexto importaba: no se jugaban solo tres puntos, se jugaba la autoridad simbólica en Medellín. Del otro lado, el DIM encontraba en el clásico la oportunidad perfecta para cerrar la fase con carácter y para recordarle a su gente que todavía podía discutir el mando de la ciudad. El escenario era ideal: estadio lleno, ambiente eléctrico y un rival acostumbrado a ganar.
Lo que siguió fue una montaña rusa. El marcador se movió tantas veces que el clásico pareció condensar varios partidos en uno solo. Cada gol alteró la atmósfera del Atanasio y cambió la psicología del encuentro. Cuando parecía que uno de los dos lograba imponer su ritmo, aparecía el otro con una respuesta inmediata. Ese intercambio permanente fue parte del encanto del partido y también de su leyenda: nadie pudo relajarse ni un minuto.
Para el hincha rojo, el valor del 4-3 no estaba únicamente en el resultado final. Estaba en la forma. Ganarle a Nacional en un partido abierto, intenso y con ese nivel de dramatismo reforzó la idea de una victoria con carácter. No era un 1-0 discreto ni un triunfo de trámite. Era un clásico ganado en el terreno donde más duele al rival: en el golpe emocional. Porque el equipo verde venía con una inercia fuerte y el DIM consiguió romperla a base de convicción y agresividad.
También fue una noche importante para el relato de ciudad. Los clásicos de Medellín siempre cargan una narrativa adicional: la del orgullo barrial, la convivencia áspera de dos historias y la necesidad permanente de imponerse en el espejo más cercano. En ese sentido, el 4-3 hizo feliz al hincha rojo por partida doble. Sirvió para sumar, sí, pero también para recuperar voz. Durante días, lo que quedó en el ambiente fue la satisfacción de haber ganado un partido que nadie iba a olvidar rápido.
Los encuentros así suelen envejecer bien. Años después, el recuerdo se ordena menos por la secuencia exacta de cada jugada y más por la sensación general. La sensación de aquella noche fue clara: el DIM jugó con valentía, soportó el intercambio de golpes y terminó arriba. Por eso el partido sigue apareciendo en listas de clásicos memorables del Atanasio. No por ser perfecto, sino por haber sido inolvidable.
Además, el 4-3 funciona como una cápsula de lo que hace único al fútbol colombiano: estadios donde el contexto pesa, partidos que se rompen, emociones sin filtro y una relación muy íntima entre la grada y el campo. Cuando se dice que algunos resultados “quedan para siempre”, normalmente se exagera. En este caso no. El 4-3 del DIM sobre Nacional entró en esa categoría desde la misma noche en que ocurrió.
La memoria del hincha poderoso lo guarda como una reivindicación. La del neutral, como uno de esos partidos que justifican la obsesión por este deporte. Y la del clásico paisa, como un capítulo imprescindible.
Fuentes
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